Mis ensayos y otras cosas

Un yuri en Taiwán

Era un día lluvioso en Zhongli, mes de abril, el cielo taponado por una gruesa capa gris, y era tan lluvioso que por las calles discurrían verdaderos canales, desbordados de agua. Las nubes no tienen buen pronto en Taiwán, y de un momento a otro empiezan a derramar gotas como piedras; nada que ver con la lluvia española, que parece que siempre avisa un poco antes, como si las quisieran probar el suelo antes de morir en él.

K estaba sentada en una cafetería, su cara apoyada en la palma de su mano, y miraba afuera de la ventana, al otro lado de la calle, donde había plantada una pequeña marquesina que hacía el avío de parada de autobús. El golpeteo de la lluvia, bajo y grave en el interior, no dejaba de ser relajante, a pesar de lo agresivo de su naturaleza. Justo cuando sus ojos se estaban entrecerrando por momentos, ahí llegó lo que estaba esperando: el autobús apareció lentamente por el lado derecho del cristal, y se paró justo al lado de la pequeña marquesina.

K se levantó, y se sentó de nuevo, se levantó y pegó un ojo a la ventana, y se volvió a sentar, esta vez con las manos en las rodillas. Después, con paso apresurado y un paraguas aparentemente demasiado pequeño para ella, apareció J, y entró por la puerta, que tintineó.

—Ah, ¡¡qué tiempo de mierda!! —dijo riéndose, como para romper el hielo, y dejó el paraguas junto a la puerta; goteaba como un condenado.

—Pues sí.

K miró el interior de su vaso, melancólica, sus ojos pesados como el plomo. La pajita, de plástico malo, se deslizó entre sus dedos.

—Oye, siento haber llegado tan tarde. Perdí el bus que quería coger y luego…

—Ya. Ya me lo has explicado.

—Bueno, pero me siento mal.

K agitaba su pierna derecha, arriba y abajo, y su mano, encima, parecía intentar calmarla.

—Lo que creo es que no te apetecía venir. no desde que C dijo que no podía.

—No te lo tomes así. Simplemente pienso que tres son más que dos —respondió J, con su característico buen humor, y le pellizcó la cara.

—¡Eh!

La lluvia amainó un poco, y el sonido que ocupó su lugar fue el de la máquina de café tras el mostrador y el del sutil tarareo de una barista. Entonces, con el corazón en un puño, en un hilo de voz que parecía dirigirse más bien a ella misma; entonces dijo K, sin embargo, con mucha claridad:

—A mi me gusta estar contigo.

Pareció no darse cuenta de lo rojas que estaban sus mejillas. Intentó disimular todo lo que estaba ocurriendo en su pecho y en su estómago, ardientes como un incendio. Su mano izquierda apretó el borde de su falda, que caía hasta sus rodillas. Era blanca y de seda.

—Jajaja, sí, a mí también, en serio. Venga, termina eso y vamos al campus, que se hace tarde.

J no percibía ni un poco de aquella delicada tensión: o quizás no existía en realidad, y solo se la estaba imaginando, pensó K.

Caminando por la calle, pegadas al lado derecho de la carretera, procuraban evitar las pocas motos que se atrevían a conducir en esas circunstancias; aunque ya no llovía tanto, el camino seguía pareciéndose más a un río. K andaba adelante con dificultad, levantando mucho sus botas, su falda empapada y recogida.

De pronto sonó un pito muy fuerte justo detrás de J; K giró la cabeza y tuvo la mala suerte de resbalar con el pie derecho, que dió en la rueda trasera de una moto aparcada, y a ese pie le siguió el otro, que no pudo estabilizarla. Iba a caer de culo, pero J estuvo atenta para cogerla de las axilas, levantándola en el acto.

K sintió el calor de sus manos y la humedad de sus mangas, que traspasó la tela de su chaqueta. Era un tacto familiar y extraño, que la llenaba de ardor. una vez en pie, J puso una mano en su hombro. —Oye, ten más cuidado. No se por qué has venido con falda, ¡con el tiempo que hace!

K no respondió. No pudo. Sus cuerdas vocales no funcionaron. Se dió la vuelta, su respiración temblorosa y entrecortada. Clavó sus ojos en los de J, y se fijó en sus ojos, brillantes, y en sus pestañas. Estaba cerca, muy cerca. Lo suficiente para ver las diminutas gotas de agua acumuladas en la punta de su nariz, en sus cejas, entre sus labios… lo suficiente para notar su calor, su olor a a ropa mojada; le estaba diciendo algo, pero no podría decir el qué.


Joder, J…

¿De verdad no te enteras de lo que está pasando? C nunca iba a venir, ella lo sabe todo. Solo quería estar contigo, a solas, hacer que me entiendas, decirte lo que de verdad pienso. Pero aquí, frente a ti, mis palabras no quieren salir. Ojalá no fuera así, ojalá tus ojos no fueran tan hermosos, ojalá tu tacto no me hiciera querer vomitar mi amor, ojalá ser alguien normal como tú; la gente siempre bromea, dicen que nuestra amistad es muy dulce, que si somos novias… Y yo solo puedo reírme y mirar hacia otro lado, porque por mucho que quiera correr a besarte guando te veo entrar por la puerta de clase, por mucho que quiera amarte, no tengo el valor de siquiera intentarlo.

C dijo que somos mejores amigas: viajamos juntas, charlamos de todo, jugamos volley…

Pero no me explicó cómo se supone que puedo aguantar las ganas de besarte cuando estás tan cerca.

—N-no sabía que iba a llover tanto —logró decir al fin.


Querida J:

El hecho de que seas mujer me permite acercarme a ti; puedo abrazarte, acariciarte, puedo contarte secretos. Somos amigas, pero siempre intento darte un trato de amante disfrazado de amistad; pero así como Fin con la Princesa Llama, siempre voy con cuidado de no quemarme, de no apagarnos. Y así, cobarde, pretendo que mi amor se muera.

#taiwan #tales